No me sorprendería que más de uno se mosquease al leer este artículo. Lo digo porque mientras en medio Catalunya se tiraban de los pelos al ver como su red ferroviaria se colapsaba durante el mes de agosto o el aeropuerto de El Prat era un caos constante, este gallego que les escribe, y que considera a Catalanya como un país hermano, no podía más que sonreír y maldecir la suerte que tenían al conseguir que Magdalena Álvarez compareciese en el Congreso de los Diputados para hablar de sus trenes y sus idas y venidas de aviones.
Tenían suerte, mucha suerte, al verse obligados a protestar por el estado de su red de cercanías porque es señal de que la tienen. Mientras eso sucede a orillas del Mediterráneo, aquí, á beiriña del Atlántico, aún suspiramos por una red digna de ferrocarril de media distancia que ayude a salvar las graves diferencias que existen entre las provincias atlánticas y las de Lugo y Ourense; y vemos como una utopía que algún día un cercanías nos permita llegar de Culleredo a A Coruña o del aeropuerto de Lavacolla a Compostela sin tener que dejarnos las uñas en el bolsillo para rascar los alrededor de quince euros que cuesta un taxi.
Y de lo de los aviones ya ni les cuento. Ojalá tuviesemos que salir a la calle y ponernos en pie de guerra porque nuestros aeropuertos se encuentran colapsados y las aerolíneas no son capaces de atender la elevada demanda de pasajeros existente. Pero no, aquí nos dedicamos a rasgarnos las vestiduras unos a otros con peleas localistas entre tres aeropuertos que distan entres sí poco más de 175 kilómetros para ver cual de ellos es capaz de arañarle a la low cost de turno un enlace más con Londres o una conexión, dá igual si es semanal, mensual o para cando lle pareza, con el aeródromo más periférico de la Cochinchina.
Y es que aquí, en la tierra de Castelao , Rosalía, Cunqueiro o Valle-Inclán, las cosas de palacio, siguen el refrán al pie de la letra y van despacio. Un AVE que avanza cada año más y cada vez a mayor velocidad pero que nunca llega o una Autovía del Cantábrico que cada día tiene más kilómetros pero por la que aún es una ilusión ilusa circular desde Coruña hasta Donosti son ejemplos que me permiten afirmar con rotundidad y sin que me tiemble un minuto la voz que, a pesar del caos que se produjo el pasado verano, les tengo envidia, envidia sana.
Les tengo envidia porque veo que defienden con uñas y dientes lo que es suyo y quieren que lo que hay se ponga en valor y rinda al cien por cien. Mientras, en esta Galicia en la que confío plenamente y en la que sé que algún día nos levantaremos y pondremos el grito en el cielo, nos entretenemos jugando a la lotería del maná europeo que toca hondo, por ver que alcalde se lleva una pedrea para abrir en su concello de 1.000 habitantes, y descendiendo, una casa de la cultura y un auditorio que estarán 364 días al año vacíos o infrautilizados, y al mismo tiempo le sobran un par de cientos de euros por vecino del rural para asfaltarle la entrada de su casa y a la vez apañar así un puñado de votos que, unidos a los que provienen de los favores por colocación de personal en el Concello, la empresa con mayor número de empleos del municipio porque la industria no se asienta por falta de infraestructuras que unan la localidad con las principales redes de comunicación, le aseguran al mandamás de turno otros cuatro años de tranquilidad con el bastón de mando en sus brazos.
Por todo esto y mucho más, siento envidia de Catalunya y sobre todo porque consiguieron que Magdalena Álvarez les diese explicaciones. Aquí llevamos tiempo pidiéndoselas pero yo comprendo que no conteste, internet no es nuestro fuerte porque aún tenemos buena parte del rural gallego sin conexión a la red de redes, y por eso no recibe nuestros correos.
O eso, o que pasa de nosotros, que ya empiezo a desconfiar.
Tenían suerte, mucha suerte, al verse obligados a protestar por el estado de su red de cercanías porque es señal de que la tienen. Mientras eso sucede a orillas del Mediterráneo, aquí, á beiriña del Atlántico, aún suspiramos por una red digna de ferrocarril de media distancia que ayude a salvar las graves diferencias que existen entre las provincias atlánticas y las de Lugo y Ourense; y vemos como una utopía que algún día un cercanías nos permita llegar de Culleredo a A Coruña o del aeropuerto de Lavacolla a Compostela sin tener que dejarnos las uñas en el bolsillo para rascar los alrededor de quince euros que cuesta un taxi.
Y de lo de los aviones ya ni les cuento. Ojalá tuviesemos que salir a la calle y ponernos en pie de guerra porque nuestros aeropuertos se encuentran colapsados y las aerolíneas no son capaces de atender la elevada demanda de pasajeros existente. Pero no, aquí nos dedicamos a rasgarnos las vestiduras unos a otros con peleas localistas entre tres aeropuertos que distan entres sí poco más de 175 kilómetros para ver cual de ellos es capaz de arañarle a la low cost de turno un enlace más con Londres o una conexión, dá igual si es semanal, mensual o para cando lle pareza, con el aeródromo más periférico de la Cochinchina.
Y es que aquí, en la tierra de Castelao , Rosalía, Cunqueiro o Valle-Inclán, las cosas de palacio, siguen el refrán al pie de la letra y van despacio. Un AVE que avanza cada año más y cada vez a mayor velocidad pero que nunca llega o una Autovía del Cantábrico que cada día tiene más kilómetros pero por la que aún es una ilusión ilusa circular desde Coruña hasta Donosti son ejemplos que me permiten afirmar con rotundidad y sin que me tiemble un minuto la voz que, a pesar del caos que se produjo el pasado verano, les tengo envidia, envidia sana.
Les tengo envidia porque veo que defienden con uñas y dientes lo que es suyo y quieren que lo que hay se ponga en valor y rinda al cien por cien. Mientras, en esta Galicia en la que confío plenamente y en la que sé que algún día nos levantaremos y pondremos el grito en el cielo, nos entretenemos jugando a la lotería del maná europeo que toca hondo, por ver que alcalde se lleva una pedrea para abrir en su concello de 1.000 habitantes, y descendiendo, una casa de la cultura y un auditorio que estarán 364 días al año vacíos o infrautilizados, y al mismo tiempo le sobran un par de cientos de euros por vecino del rural para asfaltarle la entrada de su casa y a la vez apañar así un puñado de votos que, unidos a los que provienen de los favores por colocación de personal en el Concello, la empresa con mayor número de empleos del municipio porque la industria no se asienta por falta de infraestructuras que unan la localidad con las principales redes de comunicación, le aseguran al mandamás de turno otros cuatro años de tranquilidad con el bastón de mando en sus brazos.
Por todo esto y mucho más, siento envidia de Catalunya y sobre todo porque consiguieron que Magdalena Álvarez les diese explicaciones. Aquí llevamos tiempo pidiéndoselas pero yo comprendo que no conteste, internet no es nuestro fuerte porque aún tenemos buena parte del rural gallego sin conexión a la red de redes, y por eso no recibe nuestros correos.
O eso, o que pasa de nosotros, que ya empiezo a desconfiar.
Este artigo foi escrito para a revista do Centro Galego Nós de Sabadell en setembro de 2007, de aí que se atope en castelán. Foto, mercat de la Boquería, BCN



